20 DE OCTUBRE DE 2008.

Lo primero que sorprende al estudiar la figura de Arthur Rimbaud es la precocidad y el corto espacio de tiempo en el que produce su obra. Consciente sin duda de que su vida iba a ser breve -pocos autores han sido tan autodestructivos como él- escribe todos su versos entre los 16 y los 20 años. Con posterioridad, olvidada por completo su actividad literaria, se dedica a las más diversas ocupaciones con un único interés: enriquecerse.
Nacido en el seno de la burguesía católica francesa, Jean-Nicolas-Arthur Rimbaud vino al mundo en Charleville el 20 de octubre de 1854. Fue su padre un extraño militar que, en el momento que sus ocupaciones en la guerra de Argelia se lo permitieron, redactó un ‘Corán’ anotado que nunca llegó a anunciar. A pesar de que, indiscutiblemente, el origen del esporádico interés por la literatura de nuestro poeta hay que buscarlo en esas veleidades literarias de su progenitor, Fréderic Rimbaud -el padre del prodigio- nunca llegó a anunciar nada.
Pese a la separación de sus padres, la infancia de Rimbaud es todo lo grata que puede serlo la de un hijo de la burguesía. “Alumno dócil, querido de sus maestros, aventajado en todas las disciplinas y ganador de todos los premios”, según alguno de sus biógrafos, el joven Arthur se “tuerce” tras la lectura de Théophile Gautier, Théodre de Banville, José María de Heredia, François Coppé y Paul Verlaine en ‘Le Parnasse contemporaine’. Lógicamente, será a dicha publicación a donde el poeta remita sus primeros versos; lógicamente además, no se los publican -según se ha escrito después puesto que en el momento que llegan el número en cuestión está cerrado-. Si anunciará, no obstante, ‘Les Étrennes des orphelins’ -que pasa por ser su primer poema- en la Revue pour tous. Corre el año 1870.
Cuando vuelve a Charleville sólo tiene una idea: “todo menos trabajar”. Del joven dócil y aplicado que meses atrás fuera no queda más que el recuerdo. De modo que en el momento que en París estalla la Comuna (1871), Rimbaud corre a la capital a reunirse con los comuneros. Junto a los revolucionarios redactará himnos y manifiestos, pero el burgués que hay en él no tardará en manifestarse: les abandona por sus groserías y la mala calidad de su dieta alimenticia. Es luego pues en el momento que el joven maestro, desengañado del ideal revolucionario, abraza el nihilismo, merced a ello concebirá algo inusitado hasta luego pues: una poesía que busca inspiración en la disipación, la negación absoluta de todos los valores -tanto los revolucionarios como los burgueses- y el abismo.
Rimbaud regresa a Francia para morir en Marsella en 1891. Su legado -una poesía que alcanza la grandeza por la negación de toda la tradición cultural- no tiene parangón.
Su influencia en la literatura moderna, en la música y en el arte es enorme. Rimbaud influyó en los siguientes artistas: en los poetas franceses posteriores en general, en los surrealistas, en los poetas beats, en Henry Miller, Anais Nin, William S. Burroughs, Pier Paolo Pasolini, Alejandro De Michele, Hugo Pratt, Mário Cesariny de Vasconcelos, Klaus Kinski, Patti Smith, Luis Alberto Spinetta, Bruce Chatwin, Penny Rimbaud, Jim Morrison, Mohamed, Bob Dylan, Kurt Cobain, Richard Hell, Joe Strummer, entre otros muchos.




















































